miércoles, 19 de junio de 2013

INTRODUCCIÓN.
ENTRE LA REALIDAD Y EL DESEO.
Un intento textual de aproximación a la obra de Ignacio Navarro.
Conocí a Ignacio Navarro hace ya veinticinco años, cuando éramos aun estudiantes ilusionados e imberbes que soportaban mal las imposiciones de una sociedad y, sobre todo, de una clase, en franca decadencia. Comenzaba la década de los setenta y las gentes andaban presintiendo cambios profundos. También fue ese el momento en el que una cierta contracultura trataba de ofrecer algunas alternativas y postulaba, además de una revitalización del ideal rousseauniano de volver la mirada a la Naturaleza, la revisión de la propia cultura y de sus pilares más firmemente establecidos por la Historia y por la costumbre. Unos tiempos que, según nos contaron los trovadores de entonces, estaban cambiando, como en la ya vieja canción de Dylan. En cualquier caso, tiempo en el que eclosionaron nuevos valores y nuevas herramientas bajo los estandartes de lo que pretendía ser una Nueva Cultura. Y de hecho lo fue, porque bajo sus reivindicaciones se agazapaban las grandes utopias: el rechazo a la Guerra y, sobre todo, el movimiento de los hippies californianos que luego se extenderían al continente europeo. Unos pacíficos melenudos que postulaban una revolución sin guerras, un futuro de paz y felicidad que, sin embargo, fue conjurado casi inmediatamente por un sistema que supo asimilar y comerciar con todas y cada una de sus propuestas, devolviendo a sus postulantes el envite en forma de droga dura, marginalidad y Guerra Fría. En el caso de Córdoba de aquellos años, todo esto se tradujo en que algunos jóvenes nos apuntamos al carro de la música que llegaba, que era la de Emerson, Like & Palmer, Jefferson Airplane, Allman Brothers Band, Cat Stevens o Joan Baez, a los libros de Kerouac o Allan Watts y al viaje interior.
En este contexto habría que situar los principios. El gusto por el dibujo y una cierta necesidad expresiva al margen de la educación y la cultura oficiales fueron el cimiento de una amistad que, a pesar de los años y de los vericuetos existenciales, aún perdura. De Ignacio siempre me sorprendió su facilidad para el dibujo, su amor a los animales que se traducía en impecables apuntes de caballos, a la manera inglesa, con una querencia por la línea continua, fina y detallada. Sus primeros balbuceos con el pincel, rebelaron ya una clara vocación de crítica, una necesidad de expresar las incongruencias e hipocresías que se articulaban de manera evidente en el entorno más inmediato y que tanta mella hicieron en los espíritus más sensibles e inconformes.
Un cuarto de siglo después, cuando todas aquellas propuestas y utopías son ya parte de la historia inconclusa, esas figuras grotescas y llenas de ironía, han crecido en sus cuadros, convirtiéndose en protagonistas de una vivencia interior que nos recuerda aquella otra que nos ofreciera James Ensor en la sociedad flamenca de finales del XIX, en Bruselas. Heredero natural de una figuración expresionista cargada de sentido crítico, Ignacio Navarro comparte con el expresionista belga esa vocación o necesidad en la que la caricatura burlesca de profunda sicología trata de desvelar, tras la máscara de los convencionalismos, los verdaderos estados del alma de seres vacíos e inacabados. A pesar de la aparente implacabilidad temática, su gramática se articula con una enorme dosis de compasión, generando un discurso que sugiere una cierta redención de la pena, una explicación verosímil de la incongruencia que supone, además, la expresión de la culpa, y ello se manifiesta en el humor con que trata un tema que de por sí ya es escabroso.
Y he mencionado en primer lugar a Ensor por el color y el tratamiento, a pesar de que, por la temática, debiera haberme referido necesariamente a un de sus antecedentes claros en el universo de la pintura española, concretamente a José Gutierrez Solana, expresionista crítico donde los haya, que supo reflejar de forma patética la realidad social de la España finisecular. En ese sentido, la obra de Ignacio Navarro reabre con fuerza el diccionario de los símbolos mayores de la tragedia hispana, de su intrahistoria: la figura presente del inquisidor junto a la mirada de soslayo del clérigo glotón y bonachón de reacciones imprevisibles, el caballo y el toro, las formas históricas de un judeocristianismo asimilado inconscientemente y de todos aquellos lugares comunes y referencias inevitables de la tradición figurativa española que parece acabarse juntamente con los años finales de nuestro siglo: Picasso, Rodríguez Luna en su primera época, y tantos otros. Animales fantásticos y monstruos híbridos que nos llevan no al surrealismo, como hiciera un Dalí imbuido de propósitos sicoanalíticos mas que oportunistas y dudosos, sino a una sarcástica representación de la más cruda realidad, a la expresión de su recurrencia en una sociedad que se ha caracterizado hasta el momento por su resistencia al cambio y a la vida.
Mirando los cuadros de Ignacio con una actitud sincera, uno ha de reconocer, aunque le pese, que no se encuentra ante el capricho inútil de una mente imaginativa, sino frente al dolor que surge cuando su hurga tras la máscara estereotipada de las convenciones sociales, frente al ser humano que, afortunadamente, aún vive detrás, agazapado, en espera de su redención. El espectador puede llegar a tener la sensación de que se halla ante las últimas viñetas del Auto Sacramental, ante su versión posmoderna. Estaciones de un singular Via Crucis, la Redención figura repartida entre los diversos personajes, sin hallarse localizada en una figura sola. El espectador ha de encontrar los fragmentos dispersos en los rostros desencajados de los distintos actores de ese drama particular, adivinar la verdadera intención tras la evidente máscara. Y ha de hacerlo reconociendo lo que tiene de común con ellos. Todos somos un poco de todo. Todos albergamos en algún rincón de nuestro ser, al dictador y al guía, al inocente y al loco, al señor y al esclavo.
Nunca fue tan fácil la labor crítica, máxime cuando ésta se efectúa dentro del corazón, cuando surge como necesidad de alcanzar una utopía realizable que casi nunca llega a materializarse. Así, en muchas de las series de sus dibujos aparece también ese mundo ideal e idealizado en el que la Naturaleza se convierte en un grandioso y cósmico escenario donde viven seres luminosos llenos de dignidad, completos y surgidos de las visiones que en nuestra memoria común han ido dejando los distintos relatos de la Historia. Un cierto ideal caballeresco y antiguo que no es sin embargo clásico en el sentido mediterráneo, aunque participe de muchos de sus símbolos, sino más bien medieval y anglosajón, podríamos decir que casi gótico.
El caballo aparece magnificado, yo me atrevería a decir que humanizado, como expresión del ideal de belleza tantas veces negado por la evidencia de las imperfecciones, en este caso humanas, que desmienten tan a menudo la condición racional y espiritual del hombre. Sobre la montura, el caballero es su guía, el alma que ha conseguido al fin sujetar a la bestia, ponerla al servicio, ahora, de la Belleza, de la Estampa.
Sin embargo, hay en estas series de dibujos claras reminiscencias, explícitas menciones al pasado y a la infancia. Seres de otro tiempo, quizás intemporales, que habitan un espacio cabal y perfectamente onírico, organizado según las leyes de esos sueños que un día se forjaron al mismo tiempo que la personalidad, ese yo que no termina de encontrarse a si mismo y ha de recurrir una y otra vez al análisis, a la expresión de sus inevitables contradicciones: caballo y caballero, cuerpo y alma, realidad e imaginación. Todo ello dicho con un lenguaje que no deja de traslucir intenciones esteticistas y formalistas.
Podemos pues decir que la obra de Ignacio Navarro es, ante todo, la expresión de una paradoja existencial, como lo es, en general, la vida de todo ser humano. Por un lado lo que es y, por otro, lo que debería ser. La Realidad y el Deseo. De la tensión dinámica entre ambas, surge la obra como lenguaje de la Imaginación Creadora, particularizado una vivencia personal y única. La realidad debería ser, parece decirnos, como ese mundo donde las cosas están en su sitio, donde las formas y los seres viven en perfecta armonía, como en ese sueño de la razón que, en este caso, no produce precisamente monstruos sino seres humanos bellos y perfectos. Y además todo ello debería decirse con un lenguaje bello y refinado, con un estilo cognoscible y dulce...sin embargo la Realidad se nos muestra implacablemente diferente: nada está donde debiera, ningún rostro es bello, ninguna expresión llega a ser digna del todo, y además el lenguaje que las soporta es incongruente y soez, burdo y, por lo tanto, detestable con suma facilidad.
En el lugar del Caballero Ideal, expresión del ser humano realizado y armónico, aparecen entonces las distintas máscaras del miedo y de la vergüenza, de las limitaciones que a la virtud imponen los vicios capitales, las limitaciones inevitables que forman parte de la condición humana desde que el hombre es hombre. En cierto sentido, y volviendo a la tradición centroeuropea, sus cuadros nos recuerdan al Bosco, al despliegue que este hace de las distintas posibilidades de la negación y el sinsentido. Tal vez por ello, en la obra de Ignacio Navarro podemos encontrar una intención didáctica, moralizante, como si fuese un espejo deformado intencionalmente de manera tal que nos devuelva nuestra propia imagen caricaturizada. Así resulta más fácil descubrir nuestras debilidades, más sencillo contemplar nuestra imperfección. Le queda al espectador la decisión de aceptar o no aceptar, de reconocerse o ignorarse, de verse reflejado en esa luna o de proseguir en azogue común del narcisismo y de la autocomplacencia.
Hashim Cabrera
Pintor, escritor, crítico de Arte

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