sábado, 19 de mayo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
| Como escritor y crítico de arte es para mí un honor ratificarme por escrito en la excelente impresión que me ha causado el descubrimiento de la amplia obra artística de mi nuevo amigo y admirado pintor y ceramista Don IGNACIO NAVARRO HOLGADO. |
| Iganacio Navarro es un excelente andaluz-creador que, a través de su enorme y refinada sensibilidad ha sabido encontrar su propio estilo artístico basado en el dominio del Dibujo y en un delicado colorido como soportes básicos de su genuino realismo fantástico de matices expresionistas. Se trata de toda una obra mágica, contundente, de gran riqueza imaginativa que se proyecta como fabulaciones poéticas a la búsqueda proustiana de los más puros sueños infantiles y, posiblemente, de aquellos recuerdos -para muchos, frustrados,- de los maravillosos 65-75 |
| En ese universo del cordobés Navarro, lo fantástico, lo poético, lo crítico -como soportes de lo antropológico y filosófico- funcionan como la urdimbre mental en la que se manifiestan los elementos técnicos del color, composición, dibujo y materia plástica con ancestral sabiduría califal y andalusí. |
| Su investigación de técnicas y procedimientos (oleo, dibujo, acuarelas, grabados, pintura cerámica, etc), su psicología cosmopolita del viajero incansable, la subjetividad artística, el arte como liberación, su vitalidad inagotable, dominio del oficio y una gran inteligencia constituyen las características de la pintura de Ignacio Navarro que se encuentra en un gran momento creativo e investigador. |
| JESUS TRONCOSO. |
| Escritor y crítico de Arte. |
EL MUNDO ENMASCARADO DEL PINTOR IGNACIO NAVARRO
Los pinceles del maestro cordobés Ignacio Navarro (Córdoba,1953) son a modo de afiladas alfanjes que denuncian hipocresías sin cuento y retorcidas traiciones. A través de su amplia obra (dibujos, cerámicas, óleos, etc.) por la que nos confiesa como es el mundo de su entorno desde la óptica de su acusada sensibilidad fiel a sus añorados años de infancia y juventud vividos en la residencia familiar del Brillante. Sus cuadros, como un speculum mundi, transmiten al espectador su originalísimo mensaje artístico que el artista manifiesta a través de un mundo enmascarado y paradójicamente lleno de color, donde aún queda un resquicio de gracia, de burla, de risa, de pena...; es decir, todo un enmascaramiento de aquello que no le gusta por aberrante o absurdo y que el artista sabe fabular magistralmente en sus dinámicas composiciones plenas de figuras aturdidoras, chocantes, embriagadoras de una poesía mundana escrita con colores, tan irónicas y a veces también tan tristes que conforman un variopinto carnaval grotesco y solanesco, que a veces también se hace refinado e irónicamente veneciano. Se trata de un universo que con cierta intranquilidad nos llega al corazón como un auténtico legado iconográfico de estos tiempos. Ese es el partido que Ignacio Navarro saca de ese mundo transformista pero tan real como la vida misma. Todo un lirismo vital que con colores nos cuenta como un fiel cronista y observador atónito y escandalizado de su propio mundo, el que le ha tocado vivir al artista, el de una clase aristocrática venida a menos, una burguesía de nuevos ricos embrutecidos, y una clase mediabaja relativamente acomodada que pasó demasiado rápido de la alpargata a los elegantes zapatos de marca. De nuevo aquí podríamos constatar que esta realidad envolvente supera con creces la sensual y mágica fantasía del pintor cordobés.
Como consecuencia de la plasmación de un mundo tan subjetivo, es difícil generalizar sobre la técnica de Ignacio Navarro porque viene dictada por el contenido emocional de la obra. Su estilo está lleno de simbolismo y, aunque su método pueda parecernos espontáneo e incluso frágil en el armazón dibujístico, su obra pictórica final y la organización del soporte en lienzo o madera , están ya tan cuidadosamente planificados en el dibujo preliminar que no parece necesitar un excesivo acabado pictórico, aunque a veces se regodee con el color creando casi un bajorrelieve de sucesivas capas de materia. Así pues, utilizando la pintura con primacía sobre el boceto, es como el artista nos comunica plásticamente con todo detalle ese universo suyo de seres imaginarios y simbólicos, de graciosos grupos de figuras o comitivas a modo de jerárquicas procesiones. Esta emocionalidad artística también determina en él los cambios de técnica, especialmente en su última etapa pictórica, la más fructífera, iniciada en la anterior década de los noventa, que representa un potencial plástico de gran fuerza y originalidad. Su propio aislamiento en su anterior estudio de Valencina de
Si bien su iconografía no es nueva, pues las visiones de sus trágicas máscaras también existían con anterioridad en otros pintores expresionistas europeos, que obviamente ejercen sobre él un magisterio espiritual en su tendencia instintiva hacia lo mágico e irónico, el mérito de Navarro radica especialmente en haber traído hasta España todo un tratamiento y temática de raigambre más bien flamenca y centroeuropea, y en haber colaborado rellenando un hueco aquí casi vacío de innovadora interpretación plástica en nuestro arte contemporáneo.
Lo que hizo estallar el volcán artístico que Navarro llevaba dentro ya desde muy joven fue precisamente ese ambiente social envolvente como temática y la técnica que encontró para interpretarla en la fuente de estos pintores foráneos que pertenecían a países donde la libertad de expresión y el librepensamiento definían desde siglos sus propias culturas. Se trata de un proceso de evolución espontánea donde lejos de quedar bloqueado creativamente, ha sabido crear un propio estilo de sincretismo vanguardista que podríamos denominar Interiorismo expresionista mágico-simbólico, fruto de su investigación personal basada en el contraste del dibujo y del color al servicio de la metáfora plástica, encontrando una nueva armonía de los procedimientos y alcanzando con sus obras repletas de máscaras una nueva curiosidad de la razón estética de estilización ingenua, como fruto de una expresividad intelectual que aborda con valentía los confines de la belleza y de lo lúdico.
A medida que se va conociendo internacionalmente su producción se coincide en su gran personalidad, que rinde no obstante el respetuoso tributo de un sano mimetismo a la doctrina y obra de grandes maestros europeos como el belga James Ensor, el post-impresionista holandés Vincent Van Gogh, el inglés William Blake con sus visiones poéticas y alegorías religiosas, el post-impresionista y simbolista francés Paul Gauguin con el que Ignacio Navarro comparte las superficies planas de color. Su gran experiencia en otros campos como la pintura cerámica le lleva a utilizar a veces contornos sencillos y fuertes que recuerdan al francés Paul Cézanne y, especialmente, al noruego expresionista Edvard Munch, que influye notablemente en algunos cuadros de Navarro a través de sus complejos conflictos mentales.
Todo su potencial plástico puede apreciarse en su etapa de los años noventa, como por ejemplo en La última cena de Van Gogh, La pradera de los iniciados, El monte de los piadosos o Mascarada en Salagrande, donde sus personajes representan la hipocresía y contravirtudes de una sociedad embrutecida en los mismos sectores acomodados, el torbellino del mal y de la burla descarada que se mueven como aspas de un trágico molino de mundanas pasiones. O en
El artista también ha reflejado en sus últimas obras la historia profunda aunque caricaturizada de los pueblos andaluces a través de sus propios personajes: Otoño en Valencina , El Caballero y
Ignacio Navarro a través de su sencillo lenguaje plástico consigue universalizar ese “modus vivendi” de estrafalarios y travestidos personajes. El poético mundo enmascarado del pintor Ignacio Navarro.
Jesús Troncoso
Escritor, crítico de Arte


