jueves, 22 de marzo de 2012

INTRODUCCIÓN.

ENTRE LA REALIDAD Y EL DESEO.

Un intento textual de aproximación a la obra de Ignacio Navarro.

Conocí a Ignacio Navarro hace ya veinticinco años, cuando éramos aun estudiantes ilusionados e imberbes que soportaban mal las imposiciones de una sociedad y, sobre todo, de una clase, en franca decadencia. Comenzaba la década de los setenta y las gentes andaban presintiendo cambios profundos. También fue ese el momento en el que una cierta contracultura trataba de ofrecer algunas alternativas y postulaba, además de una revitalización del ideal rousseauniano de volver la mirada a la Naturaleza, la revisión de la propia cultura y de sus pilares más firmemente establecidos por la Historia y por la costumbre. Unos tiempos que, según nos contaron los trovadores de entonces, estaban cambiando, como en la ya vieja canción de Dylan. En cualquier caso, tiempo en el que eclosionaron nuevos valores y nuevas herramientas bajo los estandartes de lo que pretendía ser una Nueva Cultura. Y de hecho lo fue, porque bajo sus reivindicaciones se agazapaban las grandes utopias: el rechazo a la Guerra y, sobre todo, el movimiento de los hippies californianos que luego se extenderían al continente europeo. Unos pacíficos melenudos que postulaban una revolución sin guerras, un futuro de paz y felicidad que, sin embargo, fue conjurado casi inmediatamente por un sistema que supo asimilar y comerciar con todas y cada una de sus propuestas, devolviendo a sus postulantes el envite en forma de droga dura, marginalidad y Guerra Fría. En el caso de Córdoba de aquellos años, todo esto se tradujo en que algunos jóvenes nos apuntamos al carro de la música que llegaba, que era la de Emerson, Like & Palmer, Jefferson Airplane, Allman Brothers Band, Cat Stevens o Joan Baez, a los libros de Kerouac o Allan Watts y al viaje interior.

En este contexto habría que situar los principios. El gusto por el dibujo y una cierta necesidad expresiva al margen de la educación y la cultura oficiales fueron el cimiento de una amistad que, a pesar de los años y de los vericuetos existenciales, aún perdura. De Ignacio siempre me sorprendió su facilidad para el dibujo, su amor a los animales que se traducía en impecables apuntes de caballos, a la manera inglesa, con una querencia por la línea continua, fina y detallada. Sus primeros balbuceos con el pincel, rebelaron ya una clara vocación de crítica, una necesidad de expresar las incongruencias e hipocresías que se articulaban de manera evidente en el entorno más inmediato y que tanta mella hicieron en los espíritus más sensibles e inconformes.

Un cuarto de siglo después, cuando todas aquellas propuestas y utopías son ya parte de la historia inconclusa, esas figuras grotescas y llenas de ironía, han crecido en sus cuadros, convirtiéndose en protagonistas de una vivencia interior que nos recuerda aquella otra que nos ofreciera James Ensor en la sociedad flamenca de finales del XIX, en Bruselas. Heredero natural de una figuración expresionista cargada de sentido crítico, Ignacio Navarro comparte con el expresionista belga esa vocación o necesidad en la que la caricatura burlesca de profunda sicología trata de desvelar, tras la máscara de los convencionalismos, los verdaderos estados del alma de seres vacíos e inacabados. A pesar de la aparente implacabilidad temática, su gramática se articula con una enorme dosis de compasión, generando un discurso que sugiere una cierta redención de la pena, una explicación verosímil de la incongruencia que supone, además, la expresión de la culpa, y ello se manifiesta en el humor con que trata un tema que de por sí ya es escabroso.

Y he mencionado en primer lugar a Ensor por el color y el tratamiento, a pesar de que, por la temática, debiera haberme referido necesariamente a un de sus antecedentes claros en el universo de la pintura española, concretamente a José Gutierrez Solana, expresionista crítico donde los haya, que supo reflejar de forma patética la realidad social de la España finisecular. En ese sentido, la obra de Ignacio Navarro reabre con fuerza el diccionario de los símbolos mayores de la tragedia hispana, de su intrahistoria: la figura presente del inquisidor junto a la mirada de soslayo del clérigo glotón y bonachón de reacciones imprevisibles, el caballo y el toro, las formas históricas de un judeocristianismo asimilado inconscientemente y de todos aquellos lugares comunes y referencias inevitables de la tradición figurativa española que parece acabarse juntamente con los años finales de nuestro siglo: Picasso, Rodríguez Luna en su primera época, y tantos otros. Animales fantásticos y monstruos híbridos que nos llevan no al surrealismo, como hiciera un Dalí imbuido de propósitos sicoanalíticos mas que oportunistas y dudosos, sino a una sarcástica representación de la más cruda realidad, a la expresión de su recurrencia en una sociedad que se ha caracterizado hasta el momento por su resistencia al cambio y a la vida.

Mirando los cuadros de Ignacio con una actitud sincera, uno ha de reconocer, aunque le pese, que no se encuentra ante el capricho inútil de una mente imaginativa, sino frente al dolor que surge cuando su hurga tras la máscara estereotipada de las convenciones sociales, frente al ser humano que, afortunadamente, aún vive detrás, agazapado, en espera de su redención. El espectador puede llegar a tener la sensación de que se halla ante las últimas viñetas del Auto Sacramental, ante su versión posmoderna. Estaciones de un singular Via Crucis, la Redención figura repartida entre los diversos personajes, sin hallarse localizada en una figura sola. El espectador ha de encontrar los fragmentos dispersos en los rostros desencajados de los distintos actores de ese drama particular, adivinar la verdadera intención tras la evidente máscara. Y ha de hacerlo reconociendo lo que tiene de común con ellos. Todos somos un poco de todo. Todos albergamos en algún rincón de nuestro ser, al dictador y al guía, al inocente y al loco, al señor y al esclavo.

Nunca fue tan fácil la labor crítica, máxime cuando ésta se efectúa dentro del corazón, cuando surge como necesidad de alcanzar una utopía realizable que casi nunca llega a materializarse. Así, en muchas de las series de sus dibujos aparece también ese mundo ideal e idealizado en el que la Naturaleza se convierte en un grandioso y cósmico escenario donde viven seres luminosos llenos de dignidad, completos y surgidos de las visiones que en nuestra memoria común han ido dejando los distintos relatos de la Historia. Un cierto ideal caballeresco y antiguo que no es sin embargo clásico en el sentido mediterráneo, aunque participe de muchos de sus símbolos, sino más bien medieval y anglosajón, podríamos decir que casi gótico.

El caballo aparece magnificado, yo me atrevería a decir que humanizado, como expresión del ideal de belleza tantas veces negado por la evidencia de las imperfecciones, en este caso humanas, que desmienten tan a menudo la condición racional y espiritual del hombre. Sobre la montura, el caballero es su guía, el alma que ha conseguido al fin sujetar a la bestia, ponerla al servicio, ahora, de la Belleza, de la Estampa.

Sin embargo, hay en estas series de dibujos claras reminiscencias, explícitas menciones al pasado y a la infancia. Seres de otro tiempo, quizás intemporales, que habitan un espacio cabal y perfectamente onírico, organizado según las leyes de esos sueños que un día se forjaron al mismo tiempo que la personalidad, ese yo que no termina de encontrarse a si mismo y ha de recurrir una y otra vez al análisis, a la expresión de sus inevitables contradicciones: caballo y caballero, cuerpo y alma, realidad e imaginación. Todo ello dicho con un lenguaje que no deja de traslucir intenciones esteticistas y formalistas.

Podemos pues decir que la obra de Ignacio Navarro es, ante todo, la expresión de una paradoja existencial, como lo es, en general, la vida de todo ser humano. Por un lado lo que es y, por otro, lo que debería ser. La Realidad y el Deseo. De la tensión dinámica entre ambas, surge la obra como lenguaje de la Imaginación Creadora, particularizado una vivencia personal y única. La realidad debería ser, parece decirnos, como ese mundo donde las cosas están en su sitio, donde las formas y los seres viven en perfecta armonía, como en ese sueño de la razón que, en este caso, no produce precisamente monstruos sino seres humanos bellos y perfectos. Y además todo ello debería decirse con un lenguaje bello y refinado, con un estilo cognoscible y dulce...sin embargo la Realidad se nos muestra implacablemente diferente: nada está donde debiera, ningún rostro es bello, ninguna expresión llega a ser digna del todo, y además el lenguaje que las soporta es incongruente y soez, burdo y, por lo tanto, detestable con suma facilidad.

En el lugar del Caballero Ideal, expresión del ser humano realizado y armónico, aparecen entonces las distintas máscaras del miedo y de la vergüenza, de las limitaciones que a la virtud imponen los vicios capitales, las limitaciones inevitables que forman parte de la condición humana desde que el hombre es hombre. En cierto sentido, y volviendo a la tradición centroeuropea, sus cuadros nos recuerdan al Bosco, al despliegue que este hace de las distintas posibilidades de la negación y el sinsentido. Tal vez por ello, en la obra de Ignacio Navarro podemos encontrar una intención didáctica, moralizante, como si fuese un espejo deformado intencionalmente de manera tal que nos devuelva nuestra propia imagen caricaturizada. Así resulta más fácil descubrir nuestras debilidades, más sencillo contemplar nuestra imperfección. Le queda al espectador la decisión de aceptar o no aceptar, de reconocerse o ignorarse, de verse reflejado en esa luna o de proseguir en azogue común del narcisismo y de la autocomplacencia.

Hashim Cabrera



Como escritor y crítico de arte es para mí un honor ratificarme por escrito en la excelente impresión que me ha causado el descubrimiento de la amplia obra artística de mi nuevo amigo y admirado pintor y ceramista Don IGNACIO NAVARRO HOLGADO.

Iganacio Navarro es un excelente andaluz-creador que, a través de su enorme y refinada sensibilidad ha sabido encontrar su propio estilo artístico basado en el dominio del Dibujo y en un delicado colorido como soportes básicos de su genuino realismo fantástico de matices expresionistas. Se trata de toda una obra mágica, contundente, de gran riqueza imaginativa que se proyecta como fabulaciones poéticas a la búsqueda proustiana de los más puros sueños infantiles y, posiblemente, de aquellos recuerdos -para muchos, frustrados,- de los maravillosos 65-75

En ese universo del cordobés Navarro, lo fantástico, lo poético, lo crítico -como soportes de lo antropológico y filosófico- funcionan como la urdimbre mental en la que se manifiestan los elementos técnicos del color, composición, dibujo y materia plástica con ancestral sabiduría califal y andalusí.

Su investigación de técnicas y procedimientos (oleo, dibujo, acuarelas, grabados, pintura cerámica, etc), su psicología cosmopolita del viajero incansable, la subjetividad artística, el arte como liberación, su vitalidad inagotable, dominio del oficio y una gran inteligencia constituyen las características de la pintura de Ignacio Navarro que se encuentra en un gran momento creativo e investigador.



JESUS TRONCOSO.

Escritor y crítico de Arte.

EL MUNDO ENMASCARADO DEL PINTOR IGNACIO NAVARRO

Los pinceles del maestro cordobés Ignacio Navarro (Córdoba,1953) son a modo de afiladas alfanjes que denuncian hipocresías sin cuento y retorcidas traiciones. A través de su amplia obra (dibujos, cerámicas, óleos, etc.) por la que nos confiesa como es el mundo de su entorno desde la óptica de su acusada sensibilidad fiel a sus añorados años de infancia y juventud vividos en la residencia familiar del Brillante. Sus cuadros, como un speculum mundi, transmiten al espectador su originalísimo mensaje artístico que el artista manifiesta a través de un mundo enmascarado y paradójicamente lleno de color, donde aún queda un resquicio de gracia, de burla, de risa, de pena...; es decir, todo un enmascaramiento de aquello que no le gusta por aberrante o absurdo y que el artista sabe fabular magistralmente en sus dinámicas composiciones plenas de figuras aturdidoras, chocantes, embriagadoras de una poesía mundana escrita con colores, tan irónicas y a veces también tan tristes que conforman un variopinto carnaval grotesco y solanesco, que a veces también se hace refinado e irónicamente veneciano. Se trata de un universo que con cierta intranquilidad nos llega al corazón como un auténtico legado iconográfico de estos tiempos. Ese es el partido que Ignacio Navarro saca de ese mundo transformista pero tan real como la vida misma. Todo un lirismo vital que con colores nos cuenta como un fiel cronista y observador atónito y escandalizado de su propio mundo, el que le ha tocado vivir al artista, el de una clase aristocrática venida a menos, una burguesía de nuevos ricos embrutecidos, y una clase mediabaja relativamente acomodada que pasó demasiado rápido de la alpargata a los elegantes zapatos de marca. De nuevo aquí podríamos constatar que esta realidad envolvente supera con creces la sensual y mágica fantasía del pintor cordobés.

Como consecuencia de la plasmación de un mundo tan subjetivo, es difícil generalizar sobre la técnica de Ignacio Navarro porque viene dictada por el contenido emocional de la obra. Su estilo está lleno de simbolismo y, aunque su método pueda parecernos espontáneo e incluso frágil en el armazón dibujístico, su obra pictórica final y la organización del soporte en lienzo o madera , están ya tan cuidadosamente planificados en el dibujo preliminar que no parece necesitar un excesivo acabado pictórico, aunque a veces se regodee con el color creando casi un bajorrelieve de sucesivas capas de materia. Así pues, utilizando la pintura con primacía sobre el boceto, es como el artista nos comunica plásticamente con todo detalle ese universo suyo de seres imaginarios y simbólicos, de graciosos grupos de figuras o comitivas a modo de jerárquicas procesiones. Esta emocionalidad artística también determina en él los cambios de técnica, especialmente en su última etapa pictórica, la más fructífera, iniciada en la anterior década de los noventa, que representa un potencial plástico de gran fuerza y originalidad. Su propio aislamiento en su anterior estudio de Valencina de la Concepción y ahora en su finca de Salteras (Sevilla) -desde donde es posible divisar todo el valle del Betis con la metrópoli hispalense al fondo- ha colaborado en su personal universo creativo interiorista anclado temáticamente entre la fantasía y los contrastes que ésta produce entre la mundana realidad y su mundo visionario; lo que va conformando una mitología de seres irreales solo en apariencia, pues todos están concebidos a partir de la gran sensibilidad de Ignacio Navarro y de su sentido innato de lo trágico y maravilloso que le conduce a una peculiar fabulación onírica, algo que en su mente parece no parar de dar vueltas como si se tratara de una imaginaria noria de recuerdos donde los cangilones proustianos de su infancia extraen el agua pura de su arte transparente y verdadero. Cangilones de viajes por Asia, Norteamérica, Europa, Medio Oriente..., y sobre todo su aprendizaje con importantes maestros cordobeses como el pintor Miguel Del Moral, el fino intelectual Antonio Ramírez de Verger (Totito), el pintor y poeta Liébana y otros del Grupo Cántico a los que conoció personalmente. También Navarro se formó técnicamente en las prestigiosas Escuelas de Bellas Artes de Córdoba y Sevilla.

Si bien su iconografía no es nueva, pues las visiones de sus trágicas máscaras también existían con anterioridad en otros pintores expresionistas europeos, que obviamente ejercen sobre él un magisterio espiritual en su tendencia instintiva hacia lo mágico e irónico, el mérito de Navarro radica especialmente en haber traído hasta España todo un tratamiento y temática de raigambre más bien flamenca y centroeuropea, y en haber colaborado rellenando un hueco aquí casi vacío de innovadora interpretación plástica en nuestro arte contemporáneo.

Lo que hizo estallar el volcán artístico que Navarro llevaba dentro ya desde muy joven fue precisamente ese ambiente social envolvente como temática y la técnica que encontró para interpretarla en la fuente de estos pintores foráneos que pertenecían a países donde la libertad de expresión y el librepensamiento definían desde siglos sus propias culturas. Se trata de un proceso de evolución espontánea donde lejos de quedar bloqueado creativamente, ha sabido crear un propio estilo de sincretismo vanguardista que podríamos denominar Interiorismo expresionista mágico-simbólico, fruto de su investigación personal basada en el contraste del dibujo y del color al servicio de la metáfora plástica, encontrando una nueva armonía de los procedimientos y alcanzando con sus obras repletas de máscaras una nueva curiosidad de la razón estética de estilización ingenua, como fruto de una expresividad intelectual que aborda con valentía los confines de la belleza y de lo lúdico.

A medida que se va conociendo internacionalmente su producción se coincide en su gran personalidad, que rinde no obstante el respetuoso tributo de un sano mimetismo a la doctrina y obra de grandes maestros europeos como el belga James Ensor, el post-impresionista holandés Vincent Van Gogh, el inglés William Blake con sus visiones poéticas y alegorías religiosas, el post-impresionista y simbolista francés Paul Gauguin con el que Ignacio Navarro comparte las superficies planas de color. Su gran experiencia en otros campos como la pintura cerámica le lleva a utilizar a veces contornos sencillos y fuertes que recuerdan al francés Paul Cézanne y, especialmente, al noruego expresionista Edvard Munch, que influye notablemente en algunos cuadros de Navarro a través de sus complejos conflictos mentales.

Todo su potencial plástico puede apreciarse en su etapa de los años noventa, como por ejemplo en La última cena de Van Gogh, La pradera de los iniciados, El monte de los piadosos o Mascarada en Salagrande, donde sus personajes representan la hipocresía y contravirtudes de una sociedad embrutecida en los mismos sectores acomodados, el torbellino del mal y de la burla descarada que se mueven como aspas de un trágico molino de mundanas pasiones. O en La Opa hostil, curioso retrato colectivo que recuerda modernamente el de los gremios pintados otrora por el gran Rembrandt. O en El fantasma de la ópera, donde Navarro utiliza la técnica narrativa de los comics, con siete viñetas independientes. O también en La Humanomaquia, donde reitera su poético interés lorquiano por los caballos. O en la fantástica barca llena de máscaras que titula Red rose, todo un equilibrio desesperado de la supervivencia humana. O en los geniales El acoso, Algarabía de Truhanes y La Noche del Gallo, todos de tremenda fuerza expresiva .
El artista también ha reflejado en sus últimas obras la historia profunda aunque caricaturizada de los pueblos andaluces a través de sus propios personajes: Otoño en Valencina , El Caballero y la Muerte, La muerte pelá... Así mismo destacan numerosos retratos individuales como su excelente Autorretrato en tonos rojos, El espíritu del convento o El espíritu del armario. En su genial obra titulada Lo que el Socialismo le ha dado al Pueblo, Navarro parece responder un siglo más tarde a su gigantesco maestro Ensor, a aquello que éste ensalzaba esperanzadoramente en su más famosa obra La Entrada de Cristo en Bruselas, al vitorear en una gran pancarta el Socialismo con la expresión “Vive la Sociale” en la parte superior de aquella su gran obra de lucha fechada en 1888 : -Esto es, admirado Maestro, lo que el Socialismo le ha dado al Pueblo, una sarta de impresentables corruptos y mentirosos.

Ignacio Navarro a través de su sencillo lenguaje plástico consigue universalizar ese “modus vivendi” de estrafalarios y travestidos personajes. El poético mundo enmascarado del pintor Ignacio Navarro.

Jesús Troncoso

Escritor, crítico de Arte

Ignacio Navarro, como todo artista auténtico, construye su sintaxis a partir de su experiencia vital. Experiencia que, en este caso, no es sino la del navegante solitario que sobrevive a una muerte espiritual y cuya necesidad de expresión nace de la inquisición profunda que sobre su alma ejercieron las instituciones: Iglesia, Estado, Banca, jet-set. Una sola alegoría, siempre la misma, autorreproduciéndose sin cesar, como una hidra de mil rostros, escenario único donde muerte y resurrección aparecen juntas en un auto de fe, en una imagen programada del Juicio Final, como en el Apocalipsis del beato de Liébana. Pero detrás del carnaval doliente —como en Ensor— aparece la pura necesidad de expresión, elixir que devuelve el alma torturada del artista, por un momento, a la salud, a la pureza y a su condición original.Tal vez detrás de toda esa iconografía —del uso premeditado e inevitable de esos 'símbolos mayores de la tragedia hispana', de esa crítica del sistema, tan despiadada y compasiva a un tiempo— no se esconda sino una profunda necesidad de trascendencia, de una espiritualidad que ha sido negada una vez y otra, una mirada tras otra, un silencio tras otro. Cobra así sentido la expresión de la máscara que trata de esconder a un rostro desacralizado, avergonzado de sus propias miserias, de las arrugas delatoras y de la ineficacia del maquillaje, un rostro reducido a las cenizas de su expresión. Es entonces aún más oportuna la mueca que pregunta al mismo tiempo que nos va desvelando el horror que anida en el corazón de las iglesias, en las almas de los fieles despojados de lo sagrado, de cualquier espiritualidad, de cualquier belleza.Todo desvelamiento, toda descripción, implica un compromiso con aquello que tenemos por verdad, con lo que consideramos real. Por eso, la crítica moral implícita en las figuras que componen la alegoría de I. Navarro nace de la necesidad de construir un espacio donde el alma pueda trascender, libre de la tiranía de esas expresiones que la coaccionan y la agreden sin remisión.El sentido de ese desvelamiento tiene que ver también con una purificación interior. El ser humano puro e incondicionado, que se da cuenta del bien que le supone ser dueño de su propio destino, se rebela ante la coacción que las instituciones, los poderes, tratan de ejercer sobre él por medio de expresiones, palabras e ideas. Y reivindica entonces el derecho a la libre expresión, a la inspiración, al momento real que está ocurriendo. El artista, en este caso, quiere a toda costa vivir en la realidad y para ello necesita conjurar los fantasmas que tratan de impedírselo irrumpiendo en su conciencia y afectando a su sensibilidad. Para ello necesita expulsarlos mediante un acto de creación, conjurarlos entre enérgicas líneas y pinceladas que dicen lo que las palabras no pueden sugerir.

Rafael Cabrera.

Pintor, escritor, crítico de Arte

viernes, 4 de noviembre de 2011

martes, 1 de noviembre de 2011

domingo, 9 de mayo de 2010

Two Perspectives on Spanish Painter Ignacio Navarro

Two Perspectives on Spanish Painter Ignacio Navarro

Jesús Troncoso and Rafael Cabrerra share their views on the artwork of a Spanish painter.

By Jesús Troncoso, Ph.D., writer and art critic

As a writer and art critic, it is an honor for me to write about the painter and ceramicist don Ignacio Navarro Holgado.

Ignacio Navarro is a fine and creative Andalucian artist with a profound and refined sensibility. He has found his own unique artistic style through drawing. We can call it "fantastic realism." He shows the same talent for detail as the expressionists. In his work we see magic, forcefulness, and a richness of imagination rather like fairy tales written in poetry, like the Proustian search for the purest childhood dreams and, perhaps also childhood memories - many frustrated memories - from the realm of fantasy.

In Navarro-the-Cordoban's universe the fantastic, the poetic, the critical - as a medium of the anthropological and philosophical - serve as the warp through which are woven the technical elements of color, composition, drawing, and plastic material. These are then fused with his ancestral Califal and Andalucian wisdom.

His experimentation with technique and process (oil, drawing, water color, engraving, painted ceramic, etc.), his psychology as tireless wanderer, his artistic subjectivity, his use of art as liberation, his never-failing vitality, the control over his work, and an ample intelligence constitute the characteristics of Navarro's painting. He is able to summon it all to the task in his creative (and experimental) moments.

(Translated from the Spanish by Constance Ashton Myers)

By Rafael Cabrerra, writer and painter

Ignacio Navarro, like all genuine artists, builds his syntax taking his experience as point of departure. Experience that, in this case, is that of the lonely sailor surviving a spiritual death and whose need for expression originates in the deep inquisition practised upon his soul by the different institutions: the Church, the State, the Capital, the jet-set... Just one allegory, always the same one, reproducing itself unceasingly, as a thousand-headed Hydra, in a stage where death and resurrection turn up in an auto-da-fé, in a programmed image of the Last Judgement, as in the Apocalypse by Beato de Liébana.

But beyond that sorrowful carnival--as in Ensor--there appears the mere need for expression, as an elixir which gives health, purity and renders the artist´s tortured soul to its original state. Maybe behind all that iconography--that deliberate and inevitable use of "those mjyor symbols of the Spanish tragedy," that criticism of the Establishment, so sympathetic and merciless at the same time--there exists a profound need for transcendence, for a spritualism always denied, time after time, by glances and silence. At the same time, it shows the horror that takes in the heart of the churches, the souls of the faithful stripped off the sacred, spirituality and beauty.

All uncovering, all description implies a commitment with what we hold to be true and real. For that reason, the implicit moral criticism in the figures that constitute Ignacio´s allegory is born of the need to build and create a space where the soul may transcend, free from the tyranny of those expressions that coerce and aggress it unremittingly. The sense of that uncovering has also to do with an inner purification. The pure and unrestricted human being, who is aware of the good that goes along being in control of his own destiny, rebels against the coertion that the instituions and the powers try to impose upon him by means of expressions, words and ideas. And he claims as of right, free expression, inspiration, the actual moment which is taking place. The artist, in this case, wants above all to live in the real world and for that reason exorcises the ghosts that attempt to avoid it by invading his conscience and affecting his sensibility. It is for that reason that he needs to reject them in an act of creation, exorcise them with vigorous lines and brush-strokes telling what words cannot suggest.

(Translated by Dr. Luis Costa, Lecturer in English and American Literature, University of Cordoba)

View Ignacio Navarro's work at http://www.ignacionavarroh.com

sábado, 17 de abril de 2010

lunes, 23 de marzo de 2009

Ignacio NAVARRO
Né en 1953 à Cordoue, Ignacio Navarro est issu d’une famille d’illustres artistes dont Aurélia Navarro célèbre peintre des XIX et XX siècles. Ses talents artistiques sont reconnus dès sa septième année. Adolescent, il a pour Maître le renommé Miguel Del Moral. De 1971 à 1973, Navarro fréquente successivement les écoles des Beaux Arts de Cordoue, Grenade et Séville. Puis, Ignacio voyage à travers l’Europe, l’Asie et l’Afrique, s’initiant sans cesse à de nouvelles techniques, dessinant, peignant au Royaume-Uni, en Italie, au Portugal, en France, en Bulgarie, en Turquie, en Iran et en Afghanistan… Grâce à son style artistique unique, Ignacio Navarro met en scène son univers fantastique avec une force et une richesse d’imagination extraordinaires. Son œuvre incarne l’expression de la tragédie espagnole avec ses rivalités politiques, ses guerres fratricides et ses démons ; la toute puissance de l’église et le culte des notables y sont omniprésents. L’une de ses toiles « Espagne Profonde », illustre à la perfection la couverture du livre « Los Mitos de la Historia de España » de l’historien Fernando Garcia de Cortàzar. Sa grande maîtrise du dessin et son souci du détail qui rappelle les expressionnistes, lui permettent d’illustrer avec humour et poésie, sa critique anthropologique et philosophique de la société espagnole. Tout comme dans les écrits de Michel Del Castillo, on retrouve dans l’œuvre d’Ignacio Navarro les archétypes de l’Espagne profonde.


Françoise PELTRE
Archétypes Art International

viernes, 5 de septiembre de 2008

JUEVES 11 DE MARZO DE 2010

Llega el personal Carrusel de la Vida de Ignacio Navarro


El próximo viernes 12 de marzo tendrá lugar en la Galería Studio 52 - Juan Bernier la inauguración de la exposición del pintor Ignacio Navarro titulada El Carrusel de la Vida.

Ignacio Navarro (Córdoba, 1953), realizó estudios académicos de dibujo en las Escuelas de Artes y Oficios de Córdoba, Granada y Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla en los años 1971, 1972 y 1973. En Córdoba fue asimismo alumno de Miguel del Moral. Con posterioridad realizó numerosos viajes que fue alternando con la práctica de la pintura, realizando diversas exposiciones, tras de lo que se dedicó a la cerámica, actividad que ejercita de forma profesional junto con la pintura.

La obra de Navarro es de una figuración expresionista falsamente ingenua donde retrata con verdad y crudeza aspectos seculares del carácter español en su versión iconográfica, que remite indefectiblemente a los autores de la veta brava española.

Ignacio Navarro
El Carrusel de la Vida
Inauguración viernes 12, 19:00 a 21:00 h
Galería Studio 52 - Juan Bernier
Ronda de los Tejares 15, Córdoba
PUBLICADO POR ARS OPERANDI


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