INTRODUCCIÓN.
ENTRE
Un intento textual de aproximación a la obra de Ignacio Navarro.
Conocí a Ignacio Navarro hace ya veinticinco años, cuando éramos aun estudiantes ilusionados e imberbes que soportaban mal las imposiciones de una sociedad y, sobre todo, de una clase, en franca decadencia. Comenzaba la década de los setenta y las gentes andaban presintiendo cambios profundos. También fue ese el momento en el que una cierta contracultura trataba de ofrecer algunas alternativas y postulaba, además de una revitalización del ideal rousseauniano de volver la mirada a
En este contexto habría que situar los principios. El gusto por el dibujo y una cierta necesidad expresiva al margen de la educación y la cultura oficiales fueron el cimiento de una amistad que, a pesar de los años y de los vericuetos existenciales, aún perdura. De Ignacio siempre me sorprendió su facilidad para el dibujo, su amor a los animales que se traducía en impecables apuntes de caballos, a la manera inglesa, con una querencia por la línea continua, fina y detallada. Sus primeros balbuceos con el pincel, rebelaron ya una clara vocación de crítica, una necesidad de expresar las incongruencias e hipocresías que se articulaban de manera evidente en el entorno más inmediato y que tanta mella hicieron en los espíritus más sensibles e inconformes.
Un cuarto de siglo después, cuando todas aquellas propuestas y utopías son ya parte de la historia inconclusa, esas figuras grotescas y llenas de ironía, han crecido en sus cuadros, convirtiéndose en protagonistas de una vivencia interior que nos recuerda aquella otra que nos ofreciera James Ensor en la sociedad flamenca de finales del XIX, en Bruselas. Heredero natural de una figuración expresionista cargada de sentido crítico, Ignacio Navarro comparte con el expresionista belga esa vocación o necesidad en la que la caricatura burlesca de profunda sicología trata de desvelar, tras la máscara de los convencionalismos, los verdaderos estados del alma de seres vacíos e inacabados. A pesar de la aparente implacabilidad temática, su gramática se articula con una enorme dosis de compasión, generando un discurso que sugiere una cierta redención de la pena, una explicación verosímil de la incongruencia que supone, además, la expresión de la culpa, y ello se manifiesta en el humor con que trata un tema que de por sí ya es escabroso.
Y he mencionado en primer lugar a Ensor por el color y el tratamiento, a pesar de que, por la temática, debiera haberme referido necesariamente a un de sus antecedentes claros en el universo de la pintura española, concretamente a José Gutierrez Solana, expresionista crítico donde los haya, que supo reflejar de forma patética la realidad social de
Mirando los cuadros de Ignacio con una actitud sincera, uno ha de reconocer, aunque le pese, que no se encuentra ante el capricho inútil de una mente imaginativa, sino frente al dolor que surge cuando su hurga tras la máscara estereotipada de las convenciones sociales, frente al ser humano que, afortunadamente, aún vive detrás, agazapado, en espera de su redención. El espectador puede llegar a tener la sensación de que se halla ante las últimas viñetas del Auto Sacramental, ante su versión posmoderna. Estaciones de un singular Via Crucis,
Nunca fue tan fácil la labor crítica, máxime cuando ésta se efectúa dentro del corazón, cuando surge como necesidad de alcanzar una utopía realizable que casi nunca llega a materializarse. Así, en muchas de las series de sus dibujos aparece también ese mundo ideal e idealizado en el que
El caballo aparece magnificado, yo me atrevería a decir que humanizado, como expresión del ideal de belleza tantas veces negado por la evidencia de las imperfecciones, en este caso humanas, que desmienten tan a menudo la condición racional y espiritual del hombre. Sobre la montura, el caballero es su guía, el alma que ha conseguido al fin sujetar a la bestia, ponerla al servicio, ahora, de
Sin embargo, hay en estas series de dibujos claras reminiscencias, explícitas menciones al pasado y a la infancia. Seres de otro tiempo, quizás intemporales, que habitan un espacio cabal y perfectamente onírico, organizado según las leyes de esos sueños que un día se forjaron al mismo tiempo que la personalidad, ese yo que no termina de encontrarse a si mismo y ha de recurrir una y otra vez al análisis, a la expresión de sus inevitables contradicciones: caballo y caballero, cuerpo y alma, realidad e imaginación. Todo ello dicho con un lenguaje que no deja de traslucir intenciones esteticistas y formalistas.
Podemos pues decir que la obra de Ignacio Navarro es, ante todo, la expresión de una paradoja existencial, como lo es, en general, la vida de todo ser humano. Por un lado lo que es y, por otro, lo que debería ser.
En el lugar del Caballero Ideal, expresión del ser humano realizado y armónico, aparecen entonces las distintas máscaras del miedo y de la vergüenza, de las limitaciones que a la virtud imponen los vicios capitales, las limitaciones inevitables que forman parte de la condición humana desde que el hombre es hombre. En cierto sentido, y volviendo a la tradición centroeuropea, sus cuadros nos recuerdan al Bosco, al despliegue que este hace de las distintas posibilidades de la negación y el sinsentido. Tal vez por ello, en la obra de Ignacio Navarro podemos encontrar una intención didáctica, moralizante, como si fuese un espejo deformado intencionalmente de manera tal que nos devuelva nuestra propia imagen caricaturizada. Así resulta más fácil descubrir nuestras debilidades, más sencillo contemplar nuestra imperfección. Le queda al espectador la decisión de aceptar o no aceptar, de reconocerse o ignorarse, de verse reflejado en esa luna o de proseguir en azogue común del narcisismo y de la autocomplacencia.
Hashim Cabrera


































