Ignacio Navarro, como todo artista auténtico, construye su sintaxis a partir de su experiencia vital. Experiencia que, en este caso, no es sino la del navegante solitario que sobrevive a una muerte espiritual y cuya necesidad de expresión nace de la inquisición profunda que sobre su alma ejercieron las instituciones: Iglesia, Estado, Banca, jet-set. Una sola alegoría, siempre la misma, autorreproduciéndose sin cesar, como una hidra de mil rostros, escenario único donde muerte y resurrección aparecen juntas en un auto de fe, en una imagen programada del Juicio Final, como en el Apocalipsis del beato de Liébana. Pero detrás del carnaval doliente —como en Ensor— aparece la pura necesidad de expresión, elixir que devuelve el alma torturada del artista, por un momento, a la salud, a la pureza y a su condición original.Tal vez detrás de toda esa iconografía —del uso premeditado e inevitable de esos 'símbolos mayores de la tragedia hispana', de esa crítica del sistema, tan despiadada y compasiva a un tiempo— no se esconda sino una profunda necesidad de trascendencia, de una espiritualidad que ha sido negada una vez y otra, una mirada tras otra, un silencio tras otro. Cobra así sentido la expresión de la máscara que trata de esconder a un rostro desacralizado, avergonzado de sus propias miserias, de las arrugas delatoras y de la ineficacia del maquillaje, un rostro reducido a las cenizas de su expresión. Es entonces aún más oportuna la mueca que pregunta al mismo tiempo que nos va desvelando el horror que anida en el corazón de las iglesias, en las almas de los fieles despojados de lo sagrado, de cualquier espiritualidad, de cualquier belleza.Todo desvelamiento, toda descripción, implica un compromiso con aquello que tenemos por verdad, con lo que consideramos real. Por eso, la crítica moral implícita en las figuras que componen la alegoría de I. Navarro nace de la necesidad de construir un espacio donde el alma pueda trascender, libre de la tiranía de esas expresiones que la coaccionan y la agreden sin remisión.El sentido de ese desvelamiento tiene que ver también con una purificación interior. El ser humano puro e incondicionado, que se da cuenta del bien que le supone ser dueño de su propio destino, se rebela ante la coacción que las instituciones, los poderes, tratan de ejercer sobre él por medio de expresiones, palabras e ideas. Y reivindica entonces el derecho a la libre expresión, a la inspiración, al momento real que está ocurriendo. El artista, en este caso, quiere a toda costa vivir en la realidad y para ello necesita conjurar los fantasmas que tratan de impedírselo irrumpiendo en su conciencia y afectando a su sensibilidad. Para ello necesita expulsarlos mediante un acto de creación, conjurarlos entre enérgicas líneas y pinceladas que dicen lo que las palabras no pueden sugerir.
Hashim Cabrera.
Pintor, escritor, crítico de Arte
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